Artículo publicado hoy por el Diario La Nación (Buenos Aires)
Treinta años de democracia ininterrumpida es tiempo suficiente para organizar la vida pública y saltar al futuro. Muchos países han sabido hacerlo. No es nuestro caso. Política, Confianza y Participación son pilares para la construcción de una democracia de calidad. La Encuesta Mundial de Valores realizada en 2013 por Voices revela que estamos lejos de lograrla y nos interpela como sociedad.
De seis aspectos evaluados, la política resultó ser lo menos apreciado: “familia (99%), amigos (88%), trabajo (88%), tiempo libre (77%), religión (57%) y, por último política (31%).”
El 30 de diciembre de 1983 vivimos un comprensible encantamiento colectivo: ilusiones de cambio, expectativas de mejora social permanente. Creímos que habíamos “llegado” sin entender que la democracia no es la solución mágica sino el marco formal que nos permite convivir en paz, corregir los errores del pasado y abrir la posibilidad de encontrar, entre todos, los mejores caminos para un desarrollo equitativo y sustentable. Triunfó la “idea” de la democracia, a la democracia real tendríamos que construirla a partir de allí. Pero dejamos la política -quehacer para resolver los problemas de la convivencia colectiva- en manos de “otros”. Su dirigencia aparece hoy obsoleta, poco dispuesta a considerar cambios cualitativos y con horizontes temporales limitados: la fecha de la próxima elección. Los políticos honestos no logran visibilidad porque, en general, los que ocupan el centro de la escena son aquellos que responden a “lo que mide bien” en las encuestas. La ciudadanía -de baja intensidad-, desconoce sus derechos y sus obligaciones, ha establecido una conflictiva y confusa relación entre lo público y lo privado y asocia la política –muchas veces con razón- a conveniencias personales, negociaciones poco transparentes, impunidad, corrupción, discrecionalidad y falta de idoneidad. La consecuencia ha sido que, como sociedad, no supimos generar una dinámica de acción colectiva eficiente ni materializar los valores de la forma superior de legalidad que constituye el estado de derecho. Y, con la política cada vez más devaluada, vamos transitando un camino de frustración colectiva.
De todas maneras, hay un dato alentador: “vemos que “hasta 1999 hay una disminución constante del interés de los argentinos por la política: bajando del 43% en 1984 al 18%% en 1999 (es decir casi la mitad menos que al comienzo de la democracia).” “…luego de la crisis de 2001 vuelven a subir los interesados y se revela una tendencia creciente hasta la fecha (22%) en 2006 y 33% en la última medición.”
Si bien la más de las veces se actúa como si lo público fuera de nadie y con la creencia de que lo que ocurre en la arena pública afecta poco o nada a nuestra vida privada parece que vamos comprendiendo que aunque decidamos no ocuparnos de la política, la política se ha de ocupar de nosotros. Equidad, empleo, seguridad, salud, educación no pueden disociarse de su ejercicio.
Pero el leve aumento del interés en la política no es suficiente Se impone resignificarla en su espíritu y acción para que sea considerada el servicio indispensable para la articulación de legítimos intereses sociales; que se constituya en un quehacer que atraiga a los mejores, por su talento y aptitud técnica y, sobre todo, por su calidad humana, en suma: que sea un orgullo y otorgue prestigio dedicar tiempo a formarse para su ejercicio.
Una sociedad que genere mejores políticos renovará y hará confiables sus reglas de juego, es decir, sus instituciones. Del estudio se desprende que, a nivel general, hay más desconfianza que confianza entre los argentinos. “En 9 de las 11 instituciones medidas son mayores los porcentajes negativos que los positivos. Las que registran mayor nivel de confianza son el Sistema de Enseñanza (confía el 59%) y la Iglesia, (el 52%), y con un mayor predominio de menciones negativas le siguen la Prensa Escrita (confían el 38%), las Grandes Empresas. (36%) y las Fuerzas Armadas (30%). Todavía más atrás se ubican el Parlamento (el 26%) y la Policía (25%). Finalmente, las instituciones que registran los guarismos más bajos son la Justicia (19%), los Sindicatos (17%), los Funcionarios Públicos (17% ) y, por último los Partidos Políticos (16%).”
Las instituciones son el elemento ordenador y básico de una comunidad. Es el conjunto de reglas formales e informales y sus mecanismos de ejecución. Si bien la democracia está consolidada en Argentina, la calidad de las instituciones es muy baja. Es imperativo modificarlas, modernizarlas, adaptarlas para el cumplimiento de su misión. En todos los casos deberán contener un accionar transparente y efectivo, con adecuada agrupación de funciones y responsabilidades, en los niveles nacional, provincial y municipal. No puede haber buenas políticas si no hay buenas instituciones.
Al comienzo de la recuperación de la democracia la ciudadanía evidenció una gran predisposición a confiar, en 1984 “eran el Congreso (73%) y la Justicia (59%) las instituciones en las que más confiaba la población mientras que esas mismas entidades aparecen hoy con muy bajo nivel de credibilidad (26% y 19% respectivamente). También era elevado en 1984 el nivel de confianza en los Funcionarios (50%), que también hoy se encuentran desacreditados (17%).”
El Sistema de Enseñanza y la Iglesia mantienen en 2013 iguales y elevados niveles de credibilidad. Lo preocupante es que la mayor baja de confianza se evidencia en aquellas instituciones que son medulares para la democracia: Parlamento, Justicia, Funcionarios y Partidos Políticos!
“La tendencia muestra que mientras que la participación en organizaciones religiosas, educativas o culturales se ha mantenido en niveles similares con relación a 1984 y en algunos casos inclusive ha crecido (organizaciones religiosas), en lo que hace a la participación en partidos políticos se registra una merma paulatina.” “Así vemos como al comienzo del periodo un 5% se definía como miembro activo y hoy solo un 2% lo hace de la misma manera.”
Si declinó la participación en partidos políticos ¿cómo se explica que haya un aumento -aunque mínimo- en el interés hacia la política? “El mayor interés por la política se canalizaría en otras formas de participación no institucional por ejemplo a través de manifestaciones.” ¿Pero es esta la participación que puede generar cambios? Difícilmente. La participación transformadora es un proceso complejo que involucra a cada ciudadano en la formación de opinión y de juicios sobre las decisiones públicas. Actualmente se habla de “compromiso ciudadano” -como etapa superior de la participación- para definir a las acciones y programas promovidos desde el espacio público estatal que incluyan y propicien la participación de los ciudadanos en las diferentes etapas de las políticas públicas. Los métodos y herramientas son múltiples y pueden aplicarse en diferentes etapas del proceso de construcción de una política pública: en su fase de diseño, de decisión, de implementación y/o de monitoreo y control. Tenemos poco de esto.
Política, Confianza, Participación, se entrelazan de manera virtuosa. Cuando la participación ciudadana encuentra estímulos y canales adecuados, se pone en marcha un proceso que relegitima a la política, impulsa la mejora de las instituciones, aumenta la confianza. Juan Bautista Alberdi escribió: “Enemigos son los que no reconocen la Argentina auténtica”. Si queremos superar nuestras frustraciones y recrear lo bueno y mucho que tenemos, nos debemos una “conversación nacional” para aprender a trabajar juntos sobre el país real para llegar al país que soñamos.
miércoles, 30 de octubre de 2013
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